Sobre copyright y copyleft: algunas reflexiones

“Se hace cada vez más necesario definir la relación entre derecho de copia (copyright) y derecho de autor para llegar a una síntesis entre dos realidades que, en posiciones cerradas y extremas, hoy parecen irreconciliables: por un lado, la necesidad de garantizar el libre acceso a los bienes culturales; por el otro, el derecho de autores, editores y demás productores de dichos bienes a percibir ganancias por su trabajo”.

El texto, extractado de una entrada en mhigo – nube de e-books, pone de relieve uno de los conflictos que la tecnología actual plantea al ofrecer la posibilidad de producir y distribuir innumerables copias de un original protegido por derechos de autor -en minutos y mediante el simple acto de abrir un enlace-, sin que ese uso indebido de las copias ni el usufructo que cualquiera pudiera obtener de este acto ilegal sea percibido como delito por una amplia comunidad de usuarios de Internet.

CopyleftLa desmaterialización de los textos y otros contenidos (transformados en intangibles bits) y la escisión del soporte tradicional (el papel entre otros) crea en muchos la confusión de que también se desmaterializan los derechos que protegen a esas obras intelectuales. Pocos perciben estos hechos como un cambio de estado (pensemos para simplificar en el agua: sólida, líquida, gaseosa, mas siempre agua). Y que ese cambio de estado es el que exige la creación de nuevos marcos que regulen la creación y circulación sin desterrar los avances en materia de derechos de autor que tantos siglos demandó conseguir, que son derechos humanos al fin y como tales inalienables.

Tal vez ese sea un simple pero efectivo punto de vista que le permita a los legos empezar a ver con un poco más de claridad los aspectos que alimentan este gran malentendido.  De hecho el uso no autorizado en los términos planteados en el párrafo anterior es lisa y llanamente un robo, que bajo ningún punto de vista admite enmascararse tras el eufemismo de “derecho a la libre circulación de la cultura o del conocimiento”. Dominio público

Quien defienda tan nobles fines y esgrima tales derechos no deberá incurrir en la disparatada arbitrariedad de negar los derechos a terceros. El razonamiento de tan básico parece pueril, pero es uno de los que se soslayan en los debates que se vienen desarrollando y que tienen como protagonistas a reconocidos intelectuales. En síntesis: hay quienes se apropian de obras que pertenecen moral y materialmente a terceros, esgrimiendo derechos superiores a los mencionados.

La complejidad de este tema exige mucha información a fin de tomar partido por la mejor opción, que a juicio de quien suscribe este texto no será asumir una u otra postura inflexiblemente, sino la que resulte a partir de comprender los desafíos que plantea el presente que vivimos. Esto nos permitirá aplicar fórmulas realistas a problemas nuevos que no pueden abordarse con remedios del pasado, claramente ineficaces, como la demonización de una u otra postura, ya sea copyright o copyleft, la criminalización del usuario u otras acciones peregrinas por el estilo. Toda conducta inflexible conduce a “guerras” y a esta altura de la experiencia social acordaremos, espero, que con ellas todos pierden demasiado.

Otra certeza simple pero de hierro: sí son de copia, intervención y distribución libre los materiales no protegidos así como los integrados al dominio público, en cuyo caso la transformación, el usufructo y demás prerrogativas son irrestrictas o se ajustan a reglas y acuerdos enmarcados en las licencias de uso común (creative commons).

No vendría mal recurrir al sinceramiento y hacer ejercicios de revisión y reconocimiento acerca de lo que está bien y lo que está mal en las acciones individuales y colectivas. Una mirada más modesta y ética apaciguaría los ánimos y alumbraría otros caminos posibles de concierto entre lo analógico y lo digital, al único y solo efecto de ampliar el universo de experiencias en vez de seguir lidiando con lo más elemental de la condición humana: medirse en relación de fuerzas y estar más predispuestos a reducir al otro que a convivir aceptando la diversidad y el cambio.

Por Adriana Pagliaroli

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